El abuso sexual es un
trauma relacional; un trauma en el vínculo a) entre “yo” y “mi cuerpo” y b) entre “yo” y “los demás”.
Yo
y “mi cuerpo”. Nuestro
cuerpo es nuestra primera casa. Nos presenta ante los demás, nos expresa, nos
comunica, cuenta las historias de nuestras vidas, me da la libertad de las
distancia o de la cercanía del otro; me da la posibilidad de expresar mis
sentimientos y simbolizar mis creencias y rituales. El niño, niña, tiene las primeras sensaciones
de su cuerpo en la placidez, suavidad del vientre materno; se va alimentando no
sólo de los nutrientes orgánicos sino de
los sonidos y caricias que llegan desde el interior y exterior inmediato del
cuerpo materno. Luego, con el
nacimiento, viene la separación y las primeras sensaciones de contacto directo
con los otros, con lo demás, con lo desconocido… Las primeras incomodidades,
hambre, sed, frío, calor… hacen surgir el llanto y el aprendizaje de la
comunicación, del abrazo: lloro y vienen a mí; siento olores cercanos, la leche
materna, el abrazo o la sonrisa del padre… Nuestros mundos se van ampliando
ante la mirada, el tacto, los movimientos, las sensaciones térmicas, los
sabores… Empiezo a distinguir entre el agrado y desagrado, el bienestar y el
malestar, el placer y el dolor… Busco cercanías y corro hacia los brazos; doy
besos, acaricio o me alejo, huyo, escondo, no quiero ver, no quiero saborear…
Mi cuerpo me expresa y pone límites a lo y los demás
Yo
y “los demás”.
Viene el abusador… coge mi cuerpo, me invade, me amenaza, no logro
escapar; he sido vencido-a; me han obligado a mirar, tocar o saborear lo no
deseado, lo que hiere… Pero el abuso va más allá que esas sensaciones. No se trata del rechazo al remedio o del
dolor de la inyección o de la herida al caer – todo ello es curable y
pasará… Mi cuerpo ha sido violentado
para invadirme a mí; he sido vencido-a y el arma ha sido mi propio cuerpo. El cuerpo del otro y mi
propio cuerpo me provocan inseguridad; me amenazan; me dejan expuesta-o; me
siento en la intemperie, sin intimidad… Ya no confío en el otro y tampoco en
mí: me siento incapaz de defenderme; demasiado pequeño-a no entiendo lo que
pasa… Sobrepasado-a. El padre que
aparecía con su sonrisa y me llamaba “princesa” ya no es el mismo: me da
miedo su mirada, su cercanía, sus
olores… La madre que aparecía como la protectora, desde los primeros indicios
de vida, ha callado y dejado hacer… Solo-a; desolado-a, aterrado-a, engañado-a. He perdido mis hogares: mi cuerpo – hogar y
mi familia-hogar y podría sumar mi escuela-hogar, mi iglesia –hogar…
Vergüenza, culpa,
confusión, miedo, desconfianza, angustia, rabia, baja autoestima, expuesta-o a
la vista y acción del otro, erradicado-a de sí mismo-a… Desde ahora, siempre
alerta: todos pueden engañarme: todo es amenaza y mi propio cuerpo lo es: a
través de él se produce “el saqueo”.
“No puedo dar certezas
que no tengo (y acaso jamás tenga). Era
demasiado chica, demasiado carente de conceptos para darle un significado a lo vivido, demasiado inocente para
comprender. Sólo sé que mi niñez
transcurrió a saltos y sobresaltos” (V. Jackson, pág. 35…)
“Paso días enteros en
permanente estado de alerta. Con
miedo. Mucho miedo. Respiro rápido, el corazón me late fuerte y
aunque esté inmóvil siempre me siento en
movimiento. Circular en el
departamento me parece a veces como recorrer una jungla, una larga y oscura
caverna, un territorio en guerra o un campo minado. En cualquier momento puedo volar en pedazos
invisibles. A cualquier hora, cualquier
día, todas las semanas, durante meses, años.
Demasiados en la cuenta final.” (Ibíd. Pág. 35)
“…no puedo dormir. Con
los ojos apenas entreabiertos, detecto una sombra en el umbral de la
puerta. Parece un gorila albino, enorme,
peludo, con poderes sobrenaturales. Eso
creía yo. Cerraba los ojos y lo seguía
viendo; los abría y ahí estaba de nuevo. A veces soñaba con él, pero al
despertar de mi pesadilla, no se había marchado…” (Ibíd. pág. 39)
“Tengo cinco, seis años
y me pregunto, al observar el rostro de mis compañeras durante horas de clases
o recreos, si alguna de ellas sentirá por su papá el miedo que yo siento por el
mío (y que comienzo a sentir por sus amigos), o el asco que me provocan las
desafinadas caricias que él considera “naturales” entre padres e hijas. ¿Serían naturales? ¿Qué era en verdad normal
y qué no entre un padre y una hija? No
tenía idea. (Ibíd. Pág. 39)
“No entiendo bien qué
me sucede ; pero sea lo que sea, me sobrepasa.
No cumplo aún siete años y me siento cansada como mi bisabuela, que es
muy vieja. (…) No me va quedando tramo
en el cuerpo –excepto mi cara, que mi papá rara vez toca- para nuevas lesiones
(…) Me deja claro que es él quien manda sobre mí: el derecho a usar mis
pulmones, lo que debo tragar o no, mi tiempo de crecer y todo lo que venga con
este cuerpo que llevo puesto pero no me pertenece. Soy como el mudo muñeco de un
ventrílocuo…” (Ibíd. 66 -67)
El niño-a abusados se
sienten como erradicados de sí mismos, como desterrados o invadidos por otro
ser. Siempre expuestos; sin tener dónde
resguardarse. Falta un lugar seguro
dónde estar, donde descansar; por ello parecen “ciervo en continua fuga o un
animal que hace de todo para que no se le acerquen” (Stupiggia, Maurizio (2007) El cuerpo
violado. Ed. Cuatro Vientos. Chile pág.
3)
El abuso sexual, no sólo se graba en la memoria
cognitiva sino en la memoria emocional y corpórea…. Se graban sensaciones
–olores, tactos, movimientos, sonidos- que
se disparan en cualquier momento, ante la más mínima semejanza; que no
pueden ser superados, borrados… .Por lo mismo,
se vuelve a sentir miedo, a temer la amenaza, la invasión y se cae en
una hipersensibilidad… Ya no se sabe cuáles son los límites adecuados para no
exponerse… Un problema para el terapeuta que fácilmente puede evocar la
situación de poder padre – madre , etc.
hijo-a; análoga a la terapeuta – paciente.
Profundamente
dañada, la persona abusada se
siente irreversiblemente marcada por una
inferioridad respecto las otras personas:
“Me siento como un
automóvil roto –repetía a menudo una paciente- un automóvil que ya no puede
arreglar porque le faltan los pedazos justos, y porque aunque se pudiese
arreglar, todos se darían cuenta que no es normal. Hay algo que yo nunca podré tener. ( Stuggia
2007. Pág. 29)
Dolor – Rabia –
Vergüenza – Culpa son los estados emocionales que configuran la emocionalidad
del trauma que implica la experiencia de haber siso abusado-a.
Dolor
por
lo sufrido durante la época de los asaltos.
Dolor por lo perdido (la niñez, la posibilidad de recordar un hogar o
ver un álbum de navidad sin traer el recuerdo del abuso.) Dolor por los
condicionamientos de la vida actual y futura que no puede borrar los recuerdos
incorporados.
Rabia
porque
quienes debieron proteger, actuar para impedir el asalto, no lo hicieron. Rabia
porque se sumaron muchos cómplices en el
abuso y muchos son entonces no confiables.
Vergüenza porque se piensa que ya
no es tal o cual niño-a, joven… Se auto-etiqueta como abusado-a y piensa que
todos lo saben, se nota, y ello le hace
inferior a los demás. Hay una pérdida
de la reputación privada, de sí ante sí mismo-a y, consecuentemente, ante los
demás (reputación social)
Culpa
por
no haber evitado el abuso; por haberlo soportado ante tiempo… No se toma en
cuenta la confusión , la incapacidad de autonomía de la niñez y adolescencia.
Relato
de niña de 4 años
No
hay un perfil preciso del niño-a con mayor riesgo de abuso; pero incide:
-
Falta de educación sexual
-
Baja autoestima
-
Necesidad de afecto
-
Temor a los padres
-
Falta de comunicación en el hogar
-
Niño o niña con actitud pasiva
-
Tendencia a la sumisión
-
Baja capacidad de toma de decisiones
-
Niño o niña en aislamiento
-
Timidez o retraimiento
-
Afecta a niños-as de diversas edades,
siendo el grupo más vulnerable los
menores de 12 años.
Indicadores
del Abuso Sexual Infantil
La mayoría de las niñas
y niños que son víctimas no se lo cuentan a nadie por temor a que no les crean,
por haber sido amenazados por el mismo pedófilo y/o porque desconocen el
vocabulario necesario para hablar sobre el tema e, incluso, porque no entienden
lo que les está sucediendo. Ahora bien, aunque no se expresan verbalmente, sí
lo hacen mediante algunos cambios en su comportamiento.
Menores
De 6 Años
-
Síntomas físicos: Sangre del recto o
vagina, fisuras, picazón, infección
vaginal o enfermedad venérea. Inflamación de los órganos genitales o
flujo vaginal. Dolor al sentarse o al andar.
-
Síntomas sexuales: Manifestaciones
caricias o conocimientos sexuales inapropiadas a su edad. Masturbación excesiva, juegos sexuales muy
persistentes.
-
Cambios emocionales repentinos: Rabietas
o llantos continuos y repentinos. Hiperactividad. Falta de confianza en sí
mismos.
-
Miedos nuevos: Miedo a que los bañen o
vean desnudos. Temor a cualquier tipo de
examen físico.
-
Síntomas sociales: Rechazo de contacto
afectivo que antes era aceptado. Miedo a determinadas personas o intensa
aversión a cierto lugar.
-
Sueño inquieto: Pesadillas recurrentes y
miedo a la oscuridad.
-
Trastorno alimenticio: Desorden del
apetito, desgano o bulimia (exceso).
-
Retroceso en el comportamiento: orinarse
en la cama, chuparse el dedo o llorar excesivamente.
-
Juegos, diálogos o dibujos a través de
los cuales simulan situaciones sexuales. Dibujos tétricos o con excesivo uso de
rojo y negro.
Menores
entre 6 y 12 Años
-
Todas las anteriores, más:
-
Síntomas psíquicos: Miedos, fobias,
insomnio, ansiedad y depresión. Baja autoestima. Miedo a la soledad, abandono,
rechazo o inseguridad afectiva. Sentimientos de culpabilidad.
-
Comportamientos auto-destructivos.
-
Síntomas sexuales. Comportamiento sexual
provocador impropio de su edad.
-
Síntomas sociales: Fugas del domicilio.
Aislamiento. Tenencia no justificada de dinero o regalos.
-
Problemas escolares: Falta de
concentración y bajo rendimiento escolar que aparece súbitamente; desinterés
repentino por el colegio.
Menores
entre 12 y 16 Años
-
Todas las anteriores, más:
-
Síntomas físicos Los mismos que en los
casos anteriores. Embarazo.
-
Síntomas psíquicos: Ideas de suicidio.
-
Síntomas sexuales: Sexualización de
todas las relaciones.
-
Familiar: Asumen rol de la madre y al
mismo tiempo, se rebelan contra la familia e, incluso, pueden intentar escapar.
-
Síntomas sociales: Alcoholismo o consumo
de drogas. Daño a sí mismo, como cortarse, quemarse, Absentismo escolar
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