martes, 11 de agosto de 2015

1.1 INTERROGANTES


El inocente aceptó la mano que le ofreció golosinas;
sin embargo, supo del sabor de la amargura…

La inocente aceptó el abrazo de quien le dijo princesa;
sin embargo, supo de la desolación de noches eternas…

Y así fue como niño y niña inocente
se convirtieron en niño y niña doliente.
Así fue también como ganó espacios el ladrón de la inocencia…

Hoy, niños y  niñas
– algunos aún inocentes; otros ya dolientes-
 esperan nuestra palabra, nuestra mirada, nuestros cuidados…




Esta es la historia de todos los niños y niñas abusados, abusadas.  Es la historia que nos mueve a insistir una y otra vez en invitarles a asumir un compromiso: Protejamos la infancia.

El abuso sexual infantil es uno de los actos de mayor violencia, pues en él, un adulto elige a su víctima y, astutamente, poniéndose disfraz de cordero, lleva a cabo un plan, una estrategia de agresión a un ser indefenso.  Un ser indefenso a quien sub-yuga, seduce; un ser sobre el cual siempre tiene poder. Un ser  que posee la fragilidad de quien, por recién iniciar la construcción de la historia de su vida, depende,  a veces absolutamente, de la protección de los adultos con quienes le ha tocado convivir. Y aquí, surge otro factor que otorga más crueldad a las historias de niños-as abusados-as… La más de las veces, el agresor será uno de esos adultos que aparecía ante el niño como protector, como confiable, como alguien que le amaba…

El abuso sexual infantil no sólo es un acto de violencia, sino uno de los mayores actos de violencia y de mayor crueldad.
“Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le   fuera    que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar” Mateo 18:6

Toda violencia es destructiva; pero en este caso, se trata de acciones que se cometen contra un(a) niño(a): una violencia que adquiere el carácter de PERVERSA.  ¿Por qué?
Porque el costo es la pérdida de la inocencia…Porque en forma abrupta se corta la continuidad de la historia de una vida y en sus primeras etapas: cuando prima la indefensión, la fragilidad, la dependencia; cuando requería mayor protección y, precisamente, de quien generalmente es el abusador...
¿Por qué?    Porque termina con la inocencia que es la esencia de la niñez...

Hoy les invitamos a preguntarse:
¿Cuál es el costo de esos momentos de indefensión; cuando el auxilio no llegó a tiempo; cuando la desolación y el miedo violaron, tal vez no un cuerpo, pero sí el alma?
¿Realmente, es posible la llamada “reparación de la víctima de abuso sexual infantil”?
¿Es posible “reparar” la inocencia derribada por un ser envilecido que, seguramente, antes te hizo creer que te amaba; a quien tú  amabas y, tal vez, admirabas?
¿Es posible “reparar” la confianza en ti mismo y en los demás; en “los tuyos”?
¿Es posible “reparar” el sentido de la ternura y, consecuentemente, la    posibilidad de dar y recibir una sana caricia y,  más adelante, ser capaz de entregarse y recibir al otro, en un sentido abrazo sexual?
¿Es posible “reparar” la continuidad de la línea de crecimiento que seguía el ritmo de maduración propio de las edades y, entonces, recuperar la   inocencia?
¿Es posible "reparar" las heridas que dejan el miedo, la pérdida  del respeto por sí mismo y del sentido de dignidad y de familia?
¿Es posible, cuando ya adulto, reparar las heridas del alma, a través de la fe, misericordia y perdón; aunque no haya olvido?
¿Es posible “reparar” la propia imagen de sí y recuperar las ansias y alegría de vivir?
¿Es posible “reparar” esa tristeza que subyace y algún día dejar de llorar y de mirarse con lástima o mirar con lástima a la hija o  hijo abusados?
¿Es posible “reparar” esa continuidad de la historia de nuestras vidas e integrar ese abuso sexual en nuestra biografía, de tal forma no nos siga dañando?    

¿Reparar? Reparar no.  Se puede reparar una casa, un computador, un objeto.  Las personas no se reparan; las personas se levantan a sí mismas con fe, con esperanza, con amor.  Y ese es el problema: estamos ante un niño que tiene miedo, que perdió la confianza en los demás y en sí mismo; un niño que fue invadido en su inocencia, a través de su cuerpo y, lo más probable, el destructor fue quien debía enseñarle a amar…

Reparar no; sanar, sobreponerse, crecer, sí.  Sí, el ser humano puede superar las circunstancias y hacer de las crisis y del sufrimiento, un ejercicio de reto, fortaleza  y crecimiento.  Pero, para alzar de nuevo el vuelo, debe volver a confiar; a confiar en sí mismo y en los confiables; aprender a curar sus heridas y a fortalecerse; aprender a acariciar y ser acariciado; aprender a lavar su cuerpo con recuerdos limpios; aprender a sacarse la etiqueta de “abusado, abusada” para encontrarse con el verdadero ser inocente que es él o ella… 

Sí, limpiar – limpiarse, “Aguas frescas en los espejos”Necesitamos limpiadores de  dolores, miedos, rabias, vergüenzas, culpas; iluminadores de oscuridades, acompañantes de soledades, abandonos y negligencias. Los necesitamos a ustedes; capaces de comprometerse con la verdadera construcción de mundos donde realmente se proteja a niños y niñas; mundos donde se consolide la familia y se valore a los verdaderos cultores de la dignidad del ser persona; mundos donde regalemos sueños, y la verdadera belleza que es armonía.  Forjadores de sueños infantiles; ideales de adulto y sentido de vida…

…………………………………
Vinka Jackson es Psicóloga, escritora, chilena. Nació en 1968.  Abusada desde antes de los cuatro años por su padre; hoy es madre.  Ejemplo de superación de uno de los más crueles abusos. Hoy,  se dedica a enseñar a cuidar-se para prevenir “la invasión” o a buscar "las aguas frescas" para limpiar y revitalizar el alma que lucha para no gangrenarse,.. 

Transcribimos líneas de una entrevista realizada por el Periódico Encuentro (ww.periodicoencuentro.cl); en Santiago, 06/12/2013 Vinka Jackson: “Solo la mirada del amor te lava el espejo”

“¿Cómo y de dónde sacaste la fuerza para sanar?
Creo que mi primer pilar de resiliencia fue la lectura. Los libros fueron una proposición a otros mundos, otras vidas: historias de bondad, de amor, de esperanza, historias donde las relaciones entre adultos y niños podían ser diferentes. Allá fuera, más allá de las paredes de mi hogar, estaba todo eso esperando, y era solo cosa de tiempo y paciencia para que llegara a mí. Y cayeron en mis manos, en momentos muy críticos, libros muy especiales. Es como si hubiese habido un ángel tirando libros del cielo, porque eran justo los que necesitaba. Luego estuvo el ballet, que fue una sanación corporal no pensada ni planificada. Quizás las huellas serían mucho más hondas, si no hubiera tenido ese espacio de reconocimiento del cuerpo como algo que podía ser mío, de gobierno propio. Y, también, el colegio, donde tuve profesores preocupados, que sentía que les importaba, que tomaban en cuenta mis intereses y preguntas, que me alentaban a soñar.”


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